Los resultados de la última Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES) confirmaron una tendencia que se venía incubando hace años: el profundo deterioro del desempeño de los Liceos Emblemáticos. Colegios públicos que durante décadas fueron símbolo de excelencia académica hoy exhiben caídas significativas en los rankings nacionales, afectando directamente las oportunidades de miles de estudiantes.
Cuando se fundó el Instituto Nacional en 1813, se le encomendó una misión clara. En su discurso inaugural, Andrés Bello sostuvo que este colegio estaba llamado a ser la “luz de Chile”, un espacio destinado a fomentar el progreso educacional del país. De ese espíritu surgió una política pública que dio origen a los Liceos Emblemáticos: establecimientos públicos de excelencia, creados para concentrar y potenciar el talento y el mérito de jóvenes que, aun sin pertenecer a la élite económica, podían acceder a una educación comparable a la de los mejores colegios privados.
Ese modelo, sin embargo, fue duramente cuestionado por la izquierda, que lo consideró un mecanismo reproductor de desigualdades. Bajo esa premisa, el segundo gobierno de Michelle Bachelet impulsó en 2015 la Ley de Inclusión, que eliminó la selección por mérito académico y la reemplazó por un sistema de asignación aleatoria de estudiantes, conocido popularmente como “la tómbola”. Desde entonces, un algoritmo —considerando variables como cercanía o hermanos en el establecimiento— define el ingreso a los colegios.
Esta reforma selló el destino de los Liceos Emblemáticos y levantó una barrera silenciosa para miles de jóvenes talentosos que no provienen de la élite. Los resultados de la PAES lo evidencian con claridad. Antes de la reforma, en 2015, estos liceos se ubicaban entre los primeros lugares del ranking nacional, aproximadamente entre los puestos 14 y 400. Hoy, en cambio, se encuentran entre los lugares 300 y 2.000.
Los ejemplos son elocuentes. El Instituto Nacional pasó del lugar 14 en la antigua PSU al puesto 306 en la PAES. El Instituto Nacional Barros Arana cayó del lugar 319 al 1.147. El Liceo de Aplicación descendió del puesto 372 al 1.086. La consecuencia es evidente: menos estudiantes de la educación pública accederán a las carreras más prestigiosas del sistema universitario.
La crítica original a la selección por mérito sostenía que este sistema favorecía a quienes contaban con mayor capital cultural, perpetuando así la desigualdad. Sin embargo, esta argumentación presenta al menos dos problemas de fondo. El primero es asumir que el acceso a los liceos de excelencia es automático para quienes poseen mayor capital cultural, negando el valor del esfuerzo, la disciplina y el mérito de muchos jóvenes que, aun con escasos recursos, lograron destacar académicamente. El segundo es aún más grave: si se acepta esa premisa, ¿por qué castigar a esos estudiantes obligándolos a recibir una educación de menor calidad? Lo razonable habría sido elevar el nivel de los establecimientos con peores resultados, no debilitar a los mejores.
Lo que ocurrió, en la práctica, fue una igualación hacia abajo. En lugar de reducir la brecha entre colegios públicos, se amplió la distancia entre estos y la élite de los colegios privados. El resultado es una profunda sensación de injusticia entre estudiantes y familias que, pese a las dificultades, apuestan por el esfuerzo como vía de movilidad social.
Las políticas igualitaristas lograron, quizás, disminuir las diferencias internas dentro de la educación pública, pero al costo de alejarla aún más de los estándares de excelencia. Finalmente, se cumplió lo que muchos temían: se le quitaron los “patines” a los jóvenes de mérito y esfuerzo.
Por ello, resulta urgente revisar este modelo. Abolir la tómbola y recuperar la selección por mérito no significa retroceder en inclusión, sino volver a ofrecer oportunidades reales a quienes están dispuestos a aprovecharlas. Si Chile aspira a una educación pública de calidad, no puede renunciar a premiar el talento, el esfuerzo y la excelencia.




